Una tarde llegamos empapados y la dueña encendió la estufa sin preguntar. Colgamos calcetines, escuchamos relatos de inviernos duros y cartografiamos, con tazas humeantes, el siguiente collado. La hospitalidad local salva cuerpos, rutas e ilusiones cuando arrecia el clima.
La cadena saltó cerca del estuario, y un mecánico de manos saladas ajustó piñones mientras contaba mareas memorables. Pagamos con gratitud, pan recién hecho y promesa de postales. Pequeños oficios sostienen travesías largas, devolviendo confianza cuando la máquina flaquea.





